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De un tiempo a esta parte ha aumentado considerablemente la desafección hacia los políticos por parte de los ciudadanos. Los rigores de una crisis que se extiende en el tiempo y de la que no se vislumbra el fin, la sucesión constante de casos de corrupción entre las clases políticas, así como la percepción de inacción en las instituciones  o el ataque contra el estado del bienestar en forma de recortes,  son factores que contribuyen a aumentar esta desafección que parece afectar ya no solo a los políticos en concreto sino a la política y las instituciones del estado en general.

Los cargos políticos de diversas formaciones no están,  ni mucho menos, exentos de responsabilidad por la situación actual, no obstante, no son los únicos responsables, ni siquiera los responsables últimos.

Lo cierto es que la responsabilidad última de las gestiones políticas pertenece al pueblo, que valora, critica, aplaude y sobre todo refrenda en los diferentes comicios las actuaciones de sus políticos. Nada más lejos de mi intención el justificar y disculpar a la clase política, sin embargo, esta forma de proceder no es solo tolerada, sino más bien alentada por el electorado. Podríamos decir que son así porque se les permite y no hay consecuencias negativas frente a una mala actuación.

La sociedad como conjunto se muestra fácilmente manipulable por el componente emocional de las cuestiones a debate. Es minoritario el conjunto de la población que llega siquiera a un análisis crítico y sosegado de la cuestión a debate, y menos aún quien logra dejar al margen el partidismo, los intereses personales asociados y las viejas ideas preconcebidas.  Estas actitudes tienen dos consecuencias en la vida política. En primer lugar se seleccionan aquellos políticos que son capaces de manejar estos componentes emocionales del debate, capaces de desviar la atención sobre los temas importantes y dirigir a los medios y al debate público en la dirección que les es favorable. No son buenos gestores de lo público, no son comedidos, no son los mejor preparados, muchos anteponen sus intereses particulares y los de sus allegados al bien común, sin embargo, cumplen a la perfección su papel para con el partido.

La otra consecuencia de esta ausencia de debate público es, en la práctica, la completa impunidad de la clase política respecto a sus responsabilidades. En tanto a que no están sujetos a una supervisión efectiva por parte de su electorado. Un político que miente públicamente no es amonestado por el conjunto de la sociedad, tan solo por el rival político y sus simpatizantes, esto hace que no tenga un coste electoral real. En la mayoría de casos estas mentiras, declaraciones desmedidas o alardes de bajeza ética no solo no tienen coste, sino que generalmente proporcionan un beneficio en el contexto de una batalla encarnizada entre dos bandos contrarios, estas declaraciones son justificadas y aplaudidas desde el tendido público y refuerzan la afinidad de los ya afines.

En este sentido, la actual clase política esta modelada por nuestra sociedad y se ha constituido a imagen y semejanza de nuestros valores colectivos. Si como sociedad y como individuos somos incapaces de seleccionar y promocionar en política a aquellas personas que representan nuestros ideales, difícilmente tendremos luego autoridad moral para exigir en estos cargos aquellos valores. Es nuestra responsabilidad ejercer de control necesario del poder político y aunque los cauces de participación no son amplios, existen y están completamente desaprovechados, cuando llegamos al punto de la protesta y la indignación ya es demasiado tarde, e implica que hemos desatendido nuestra responsabilidad.

Es nuestra responsabilidad como parte activa de la sociedad, amonestar la falta de sinceridad, la incompetencia, la desmesura y cualquier despilfarro e incoherencia, con independencia del color político o las simpatías personales, de lo contrario, las validamos y les damos legitimidad.

En muchas ocasiones en el debate público se emplean sentencias irrevocables, cargadas de razón, en ocasiones se citan estadísticas y fuentes misteriosas que corroboran inefablemente aquello que se pretende defender. Dichas sentencias y afirmaciones no pasarían un mínimo escrutinio de rigor, y sean ciertas o no, carecen por completo de fundamentación empírica.

Podríamos decir que estas palabras carecen de valor en el seno de un debate público serio, y que debieran ser descartarlas por defecto, en cuanto a que somos incapaces de verificarlas o determinar el grado de veracidad. Sin embargo, este tipo de argumentos son los predominantes en cualquier foro de debate público, tienen un carácter viral y se extienden rápidamente entre los contertulios. Su capacidad de dispersión es tanto más alta en cuanto más se ajuste dicho argumento a nuestra idea preconcebida.

Ciertamente cuando escuchamos a otra persona, tenga o no ésta cierta autoridad en la materia, argumentar a favor de aquello en que creemos, o aquello en que queremos creer, tenemos una tendencia natural para interiorizar dicho argumento y hacerlo propio. En una futura confrontación no dudaremos en lanzar este argumento con total confianza.  Esta situación tan propia en nuestra cultura, es un problema severo en cuanto a que limita y generalmente imposibilita un debate serio. Sin embargo, esta problemática siendo severa en el debate público se hace poco menos que intolerable en determinados ámbitos.

Cuando un cargo público o un responsable técnico da una rueda de prensa y desliza uno de estos discursos vacíos genera una problemática  muy seria. En primer lugar, el propio cargo embiste a esta personalidad de una autoridad  superior, se da por sentado que un ministro o secretario de un ramo, es consecuentemente el mejor preparado y con más conocimientos, por tanto su palabra es ley. Esta situación seria lo deseable, pero desgraciadamente en política, según hemos podido ver hasta ahora, no asciende el mejor preparado sino el mejor relacionado. En segundo lugar entra en juego el factor televisivo, todo aquello que se dice en la televisión tiene un revestimiento de certeza y verdad, aquello que se dice en televisión  siempre se abre camino en el subconsciente colectivo. Por ello, escuchar estas palabras vacías, generalmente con fines electoralistas, buscando un redito político o como contramedidas en la liza política, emponzoña todo el debate público.

Todo esto, ya de por si negativo se combina con un hecho, el que un político mienta al pueblo, que lo haga descaradamente frente a una cámara, no tiene ninguna consecuencia negativa para éste o su partido. Obviamente se levanta una polvareda en el bando contrario que salta airada por la afrenta, sin embargo, y precisamente por esta división partidista y en bandos de la sociedad, la gravedad de estas faltas, queda diluida dentro de un marco general de hostilidades, percibida por el pueblo como parte de la “normalidad” política.

Llegamos al extremo en que mentir es lícito y beneficioso para los responsables políticos, en que a la gente no exige responsabilidades por este tipo de actos, pues en realidad no los percibe como algo anormal. Y además interiorizamos todas estas “mentiras” o medias verdades para utilizarlas como justificación en un acto de complicidad con los poderes políticos. En esta dinámica, difícilmente podemos tener un debate político o de cualquier tipo, que sea serio, donde se busquen soluciones y se desentrañe la verdad, sin ello, la democracia no es más que una farsa.

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Es previsible que a lo largo del blog realice algunas reflexiones sobre la realidad política y social actual. Antes de meterme en temas concretos, creo necesario visualizar el contexto sociológico en que nos movemos.

Parece evidente, que en España, existen bandos, ya sean estos definidos como izquierdas o derechas, progresistas o conservadores, pro-iglesia o anti-iglesia, etc… Sea cual sea el tema a colación se genera casi de forma espontánea  una agregación entorno a dos posturas claramente enfrentadas e irreconciliables, automáticamente el tema a debate trasmuta en confrontación. En dicha confrontación poco importan los argumentos o el frio análisis sosegado, los hechos pasan a un segundo plano pues se imponen las descalificaciones, los exabruptos y se valora más dejar en evidencia al contrario que defender una mínima coherencia en tus ideas.

Pero esto no es exclusivo en política, donde tiene su máxima expresión en la confrontación PP-PSOE. Si entras a un bar encontraras a aficionados discutiendo sobre el último partido, y su metodología es exactamente igual, lo que ayer uno defendía fanáticamente hoy no es válido aplicado al contrario. Si nos acercamos al rellano de la escalera, podemos ver a dos vecinos discutiendo según el mismo modus operandi sobre cualquier tema de actualidad. Todo esto me lleva a plantearme, esta división irracional y esta agregación en bandos, ¿Es exclusiva de la sociedad española, o por el contrario es intrínseca a cualquier sociedad humana?

En mi opinión, el problema es global, pero no necesariamente inevitable. Es ser humana es un animal gregario, lo cierto es que nos sentimos más cómodos arropados por un grupo, el sentimiento de pertenencia  a un colectivo es un fuerte incentivo para este comportamiento a menudo sectario e irracional. Un análisis crítico de los hechos, la fundamentación de una idea con pruebas empíricas, la autocrítica o la asunción de un error son conductas que conllevan un esfuerzo mucho mayor. Como digo, es mucho más fácil adherirse a toda una serie de razonamientos prefabricados a la hora de posicionarse frente a cualquier tema.

El cambio pasa por la voluntad de cambiar y es potestad de cada cual ser coherente en sus planteamientos. Yo mismo soy victima en muchas ocasiones de esta forma de pensamiento espontaneo. Por ello me comprometo en futuras actualizaciones a ser crítico y tratar de mantener una absoluta coherencia en mis ideas. Me comprometo a reconocer mi error cuando este se presente y me reservo la libertad de cambiar mi parecer si alguien me ofrece razones de peso, también me comprometo a confrontar estas ideas prefabricadas y desnudar su incoherencia y falta de rigor.

Una mayor democracia no pasa solo por una mayor transparencia, o una mayor participación, pasa por un ejercicio individual de autocrítica y un mayor esfuerzo e implicación en el debate público, no como actor pasivo, sino como elemento activo y transformador.